By Doris L. Omdahl, LMHC, RPT-S
Licensed Mental Health Counselor
Registered Play Therapist
Acabo de aprender que los trenes pueden ”volar”. ¿Dónde? En mi oficina de terapia del juego. ¿Quién me lo enseñó? Una niña de tres años. ¿Por qué? Porque fue su forma de resolver un problema, mientras jugaba, utilizando su imaginación.
Los niños tienen una increíble capacidad de imaginar, de “pretender”, de hacer como si algo fuera otra cosa, como si el juguete no estuviese roto, como si un títere es un personaje y luego otro, o como si los trenes pueden volar.
Los adultos, por el contrario, son mas realistas, más centrados en la realidad concreta; los trenes no vuelan, un palo es solo un palo, y no hay más que discutir.
Sin embargo, esa necesidad de imaginarse las cosas que queremos, esa capacidad de visualizar las metas que queremos lograr, es imprescindible para que ellas se realicen.
Un objetivo no puede llegar a completarse, sin antes verlo nosotros en nuestra imaginación. No sólo es necesario verlo, sino “vivirlo” como tal. Es decir, si quiero ir a la universidad, sería importante imaginarme a mí misma yendo, asistiendo a las clases, participando en las clases, respondiendo preguntas al profesor, tomando exámenes, etc.
Cuando nos imaginamos con detalle las metas que queremos lograr, ellas se hacen más fáciles de obtener. Trabajar con la mente nos ayuda a actuar como si las cosas que deseamos ya estuviesen pasando, y nos vamos acostumbrando a ese nuevo rol (el de estudiante, por ejemplo). Así, ya empezamos a pensar “como en el rol”, a actuar “como en el rol”, y a experimentar consecuencias del rol, también.
A veces, los adultos, nos limitamos a pensar en términos muy concretos, y no vemos un montón de posibilidades que pueden ocurrir, si fuésemos más flexibles. Por lo general, un problema no tiene una sola solución, sino varias. Pero para acceder a ellas, debemos darle rienda suelta a la imaginación.
Cuando enfrentamos un problema, muchos de nosotros perdemos el tiempo pensando por que la vida nos dio este problema ¿por qué a mí?, en vez de enfocarnos en las posibles soluciones.
Las soluciones se irán presentando solas, si le damos permiso a nuestra imaginación, de volar, y ver más allá de lo concreto. Muchas veces, las respuestas nos llegan, cuando dejamos de pensar en el problema.
Hagamos como la niña de tres años en mi oficina, dejemos que ideas no siempre convencionales, nos ayuden a resolver los desafíos que encontramos en el camino de la vida.