By Doris L. Omdahl, LMHC, RPT-S
Licensed Mental Health Counselor
Registered Play Therapist
El inglés, así como el español, el francés, el chino, el árabe, etc. son lenguas a través de las cuales los seres humanos de distintos países nos comunicamos. No podemos vivir sin comunicarnos; si no es con la lengua hablada, es con la lengua escrita, o con símbolos o señales; pero no podemos existir en una sociedad, sin comunicarles a los demás nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestras expectativas, nuestros requerimientos. El lenguaje es tan importante y tan vital, que sin el, no estamos completos, no somos competentes y nos transformamos en seres dependientes de otros.
Al inmigrar a un país, nos encontramos con sus valores culturales, que tal vez no son muy similares a los nuestros y, sobre todo, chocamos con una lengua que no es la de nuestro país natal. Esto hace que no entendamos a la gente que nos habla, que nos quiere comunicar ciertas cosas, y en cierto sentido, nos sentimos desplazados. Si no aprendemos el nuevo idioma, estaremos constantemente deshabilitados; y nunca nos terminaremos de adaptar a la nueva cultura.
Hay mucha gente que piensa que si aprenden el idioma del nuevo país, estarían desprendiéndose y alejándose de su propia cultura y olvidándose de sus valores étnicos. Sin embargo, la situación no es verdaderamente así; uno puede aprender el idioma nuevo, manteniendo todavía su propio idioma, y puede perfectamente ser miembro de dos culturas, respetando los valores étnicos de ambas.
Cuando elegimos no aprender el idioma, nos limitamos y nuestra autoestima sufre pues no podemos hacer algo tan vital como es comunicarnos con la sociedad. Muchas veces terminamos dependiendo en nuestros hijos para traducciones, y esto tampoco nos hace sentir muy bien. Cuando dependemos de los hijos para comunicarnos con otros, los roles padre-hijo se invierten, y estos adquieren un control que no les corresponde.
Lo ideal sería que cada inmigrante aprendiera la lengua del nuevo país, antes de llegar al mismo. Pero eso no siempre es posible. Así que, una de las metas a corto plazo más importantes para él tendría que ser aprender el idioma.
Sin embargo, lo que observamos en la vida real es distinto. El inmigrante pospone aprender el nuevo idioma, pensando que otras cosas tienen prioridad, y a medida que pasan los años, sigue estando discapacitado, respecto a la lengua. Para entonces, piensa que ya pasaron tantos años, y pudo “sobrevivir” sin el idioma nuevo, que no vale la pena aprenderlo. Lo que no sabe, es que hay una enorme diferencia entre “sobrevivir” y “vivir plenamente”, y el idioma es uno de los elementos que hace la diferencia.