By Doris L. Omdahl, LMHC, RPT-S
Licensed Mental Health Counselor
Registered Play Therapist
En el transcurso de nuestras vidas, todos nos vemos afectados tarde o temprano por la pérdida de un ser querido. Esta pérdida puede involucrar desde un animal querido, hasta un hijo, un abuelo, o un padre.
Las personas suelen reaccionar de distintas maneras ante tal pérdida. Están aquellos que sufren tremendamente internamente, pero que no derraman una lágrima, y están aquellos que no pueden parar de llorar.
No existe una reacción más “normal”, o más “típica” que otra; todo depende de cómo el individuo aprendió, a través de su cultura, y de sus modelos sociales, a expresar el dolor.
Cuando un ser querido muere, los familiares y amigos, en general, pasan por un proceso que incluye varias etapas. Está el impacto inicial, que produce un “shock”, sobre todo si la persona no estaba enferma, y no había señales de decaimiento. Luego viene la “ira” de haber perdido el amigo o familiar. La ira puede estar dirigida a la persona que murió, por habernos dejado, a Dios, por haber sido injusto, o a nosotros mismos, por no habernos dado cuenta que algo estaba mal.
La etapa siguiente es de “angustia”; nos sentimos tristes y sabemos que no podemos hacer nada para cambiar la realidad, o para que la persona vuelva.
Finalmente, la última etapa es de “aceptación”, y seguir adelante con la vida.
Que un ser querido haya partido, no significa que no esté más entre nosotros. La persona puede estar representada en fotos y escritos, pero más importante, en lo que ella dejó en nosotros. Es decir, en como la presencia de esa persona modificó nuestra vida, y la hizo mejor.
Es así que, muchas veces, en presencia de otros, verbalizamos un recuerdo que nos viene a la mente, sobre lo que la persona que murió decía, hacia, o creía. Muchas veces comentarios como estos nos hacen reír, pues no es inusual que recordemos lo más característico y único de esa persona.
Estos son los momentos en que nos damos cuenta que el espíritu de la persona que partió, y sus enseñanzas todavía “viven” y están entre nosotros, y hasta forman parte de quienes somos.
Solemos pensar que las personas que amamos siempre van a estar ahí, sin darnos cuenta que su tiempo en este mundo, está limitado, al igual que el nuestro. Por lo tanto, no aprovechamos realmente la relación, o el tiempo que pasamos juntos, pues siempre damos por seguro el mañana.
Pero debemos recordar que ese “mañana” puede no existir, y por lo tanto es importante que aprovechemos el “hoy”, con todos nuestros seres queridos.